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Columnista| ARTE.DE.RUIDO

Como decía el replicante Roy Blatty antes de que su cibernética existencia caducara, “he visto cosas que ustedes no creerían”. Y con solo sustituir el “visto” por “escuchado”, la frase se convierte en autobiográfica para este servidor que a lo largo de cinco décadas ha vivido todas las eras musicales, y las que ocurrieron antes, las he recreado en mis oídos danzantes.

 

VIDEO 1 (Monólogo del replicante – Película “Blade Runner”)

 

Y con la advertencia de que en esta sección no encontrarán a un gurú de la música sino a un amante de las vivencias musicales, paso al intro de esta reflexión melódica sobre las cosas que he oído en esta vida, una mezcla ecléctica de géneros, plena de modas musicales y milagros tecnológicos, de esos que hicieron que las computadoras cantaran, o que lograron convertir a un mal cantante en un intérprete de “auto tune”.

¿La premisa? Una sencilla pregunta: se puede luego de una vida escuchando música pasar a crearla. En mi caso pretendo comprobar que sí se puede, para lo cual echaré mano a lo retro, a los recuerdos que suenan, o las memorias con melodías, para tratar de hilvanar ideas sonoras y convertirlas en el tejido de mi banda sonora.

Sin ningún interés de respetar cronologías o de analizar teóricamente los estilos musicales, solo trataré de pasearme por las épocas vividas con el solo interés de hacerles “revivir” la forma como yo he vivido la música, y lo que es más importante, para explicarles la forma en que de ahora en adelante pretendo “crear música”.

Es difícil precisar en qué momento de mi temprana existencia conecté con la música; tan solo recuerdo los sonidos alegres de la feria, cuando el señor que vendía pollitos de colores tenía una corneta con música de circo, que se mezclaba con el piar de los pollitos. También recuerdo el sonido de la radio del Volkswagen de mi papá; era 1973, y por circunstancias familiares varias veces me tocó dormir en el asiento trasero, mientras en la radio se oían canciones que lamentablemente no recuerdo. Quizá ese detalle biográfico explica la fascinación que durante mi juventud tuve por las ondas hertzianas, con las cuales soñé, bailé y me identifiqué hasta que la modernidad parió el “walkman”.

Pero hay cuatro momentos de mi vida que son particularmente útiles para el motivo que me mueve a escribir estas líneas, pues explican mi tardío intento de transformar mi ruidosa creatividad en arte sónico. Se trata de una obra de teatro musical, un video clip en MTV, un sintetizador Korg y un iPad, los cuales abordaré no necesariamente en ese orden cronológico.

 

VIDEO 2 (La historia de MTV)

 

Era 1983. Tenía 18 años y ya había vivido casi una década de experiencias musicales cuando una forma de arte visual captó mi atención: el video clip. Estaba fascinado con el fenómeno televiso que representó MTV (Music Television), aunque obviamente en nuestro país no se veía ese canal, no obstante existían programas musicales en la televisión venezolana de los 80’s que nos permitían enterarnos de estas novedades. Uno de estos shows, experimentales para la época, era Sonoclips, transmitido por las noches en Radio Caracas Televisión, cuyo estilo desenfrenado y anárquico le dio estatus de “cultura popular”. Hasta esta época, mediados de los 80’s, era un melómano y bailarín consumado, pero después de MTV y el boom de los “video clips”, la música fue algo más que entretenimiento para mí.

 

VIDEO 3 (Sonoclips)

 

No era realmente nuevo en la onda musical a los 18 años, pues ya había escuchado muchas cosas que mis oídos no creían. Al ingresar al liceo, más o menos a los 12 años, ya había comenzado a entender la música, no como simple ambiente musical sino como forma de arte; me aprendía las letras y escribía en los cuadernos los nombres de los artistas, e incluso dibujaba “logos” con los nombres de bandas y cantantes.

Aunque era la música pop gringa la que realmente me cautivaba, ya había vivido en medio de muchos ambientes musicales a través de esos años mozos, como la música sicodélica de aquella época hippie que un primo combinaba con su afro y camisas bordadas, las melodías edulcoradas del pop setentoso como “Mary es mi amor”, con la cual ese mismo primo me hacía “bulliying” “empatándome” a juro con una amiguita de ese nombre. Igual viví la era alegre y pícara del “Caramelo e’ chocolate”, al ritmo del cual los mayores bailaban tribalmente y chocaban sus caderas rítmicamente en lo que la historia conoce como el “caderú”, así como un delirante “godspel” que provenía de una iglesia evangélica ubicada frente a mi casa de la calle Miranda oeste de Maracay. Pero aun con todas estas influencias sonoras y religiosas, la música antes de los 15 años no era realmente algo más que sonidos.

 

VIDEO 4 (Mary es mi amor – Leo Dan)

 

VIDEO 5 (Caramelo e’ chocolate – Sexteto Juventud)

 

Fui afortunado al tener un papá que era agente de viaje, lo que me permitió conocer Miami a los ocho años. Ya a los 12 había viajado varias veces, convirtiéndome, sin saber, en parte de la generación del “tabarato (dame dos)” que se impuso a mediados de los 70, cuando los petrodólares impulsaban en masa a los venezolanos a hacer turismo en Florida.

Mis viajes no solo me permitían conocer a Mickey y Donald, o disfrutar maravillado de espectáculos musicales de Walt Disney World como “Country Bear Jamboree”, en el que osos “animatrónicos” armaban una banda “salvaje”, sino entrar en contacto con tendencias musicales con las cuales no había otra forma de conectar, pues en mi época, valga aclarar, no existían la Internet para estar siempre “trending”.

 

VIDEO 6 (“Country Bear Jamboree”)

 

A mediados de los 70 en estados Unidos irrumpían en el ambiente musical norteamericano los estilos básicamente bailables que surgían de las comunidades afroamericanas como fuente renovada del “beat” y el placer humano de bailar. Desde finales de los sesenta, los negros expresaron su orgullo a través de ese “estado mental” que suponía luchar contra el racismo a fuerza de ritmos sincopados, sensuales y musicalmente infecciosos del soul en sus variantes más bailables como el funk de “Sly and the Family Stone” o el “Funkadelic” de George Clinton.

 

VIDEO 6 (Sly and the Family Stone – Dance to the music)

 

No crean que sabía mucho de música, pero siempre estaba atento a las radios de las vans que mi papá rentaba para movilizar a los “mayameros”, como se les conocía a los venezolanos que viajaban a Miami con más frecuencia que para Ocumare de la Costa. Yo era siempre el copiloto, pero no para manejar el vehículo sino para controlar el dial en búsqueda de las canciones de moda.

1979: Recuerdo que nos alojamos en el histórico Hotel Everglades de Miami, imponente con su piscina en la azotea y estilo “art deco”, que fue demolido en 2005, en cuya rampa de acceso y salida, junto a compañeros de viaje de mi edad, aprendí a usar algo que era el último grito de la moda urbana; una especie de patín grande y plano, con ruedas de “kriptonita” que se llamaba “skateboard”.

 

VIDEO 7 (Demolición del Hotel Evergldes de Miami – 2005)

 

 

En las cercanías del hotel había una tienda de ropa, atendida por un latino. Nos acercamos a dicho sitio por la amabilidad del encargado y le preguntamos qué discos nuevos podíamos comprar. “La música negra”, nos respondió, para luego nombrar artistas, completamente desconocidos para mi, como Donna Summer y “The Commodores”. No le encontraba sentido a aquello de “música negra”, pues no lo relacionada con raza sino con “black magic”. ¿Acaso era música maligna o satánica? Pues la respuesta estaba en la tienda de discos, obviamente de acetato y cassettes, pues faltaban muchos años para que inventaran el “compact disc”.

Al la tienda más cercana prácticamente obligado llevé a mi papá, quien tuvo los dólares suficientes para comprarme varios “45 rpm”, un disco pequeño de acetato, que giraba a alta velocidad.

Fue así como escuché por vez primera la inolvidable, incomparable voz de la “Pantera de Boston”, una negra que mezclaba la tradición del soul con la incipiente música electrónica, envuelta en un sentido rítmico del que me enganché para siempre, adoptando a Donna Summer como una “amiga de fantasía”, hasta el fin de mis días. También compré un 45 de “Earth, Wind & Fire”, en el que se podía escuchar un alfa y omega, el fin de la era del funk y el nacimiento de algo que, en adelante sería el ambiente musical de mi adolescencia: la música disco. Will be continued…

 

VIDEO 8 (“Earth, Wind & Fire – Boogie Wonderland)

 

Johnny Ozalh / energiamundo.com

 

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